De raíz

I

En noviembre 2008 decidí salir del país. Monterrey se sentía de picada tras meses de crisis y con una guerra declarada a nivel nacional por el gobierno en mando. Mi único ingreso, las mensualidades de la beca del FONCA. Mi destino lo definí tras una búsqueda prematura. Iré al norte de Europa, el sur se desmorona. Mi país me cerró las puertas en la investigación, si quería continuar como ingeniero para pagar mi renta tenía que tomar una decisión.

En agosto del siguiente año llegué a Copenhague. Mis recursos, escasos, unos pesos de mi beca otros de mis padres, otros de la tía, bendiciones de parientes. Un arranque, pensé. Un arranque es lo que ocupo, no será dificil. La gente aquí es feliz. Vive en paz. Lánzate. Rentas inimaginables, precios inalcanzables y gastos inevitables comenzaron a bombardear mi llegada. Con mis ahorros en el puño de mi mano derecha y mis pertenencias en la izquierda esperé en la fila de la casa de cambio. Menos billetes. Más monedas. Ni hablar. Una lengua desconocida nubla las pláticas de mi entorno y las vuelve murmullos inentendibles. El miedo me abraza y se niega a soltarme. Mis libros consentidos en mi maleta. Tengo que buscar un cuarto. Me hospedo en un hostal con precio de hotel, no hay oferta más barata. Un billete por noche, ese es el precio. Si quieres sábanas suelta otra moneda. Tres días buscando cuartos por internet, por la escuela, por rumores. Correos pendientes. ¿Cómo te va? Mucha suerte. Te extraño. Remordimientos de mis actos atacan a mi persona.

Cinco, dos, cuatro, nueve, cuatro, dos, cero, dos. Tono. Lo siento el cuarto esta alquilado. Distintos números, mismo resultado. La gente aquí repite la misma historia, no mira aquí no tomas lo que quieres tomas lo que hay. ¿Ves a ese? Pues lleva 4 meses buscando casa. No hay. Hay que estar vivo. Mis ahorros disminuyen, mis esperanzas se ahogan y mi miedo aumenta. Opto por un baño para cerrar un día sin frutos. Siete de la mañana, va de nuevo. Los empleados del hostal se acostumbran a escuchar la misma historia con gente que llega y no se va, aún así intentan ayudar. En las tiendas hay anuncios colgados debes revisar a veces hay cuartos anunciados, en tal página de internet encontrarás algo, mejor trata en esta de paga, deja le pregunto a un amigo a ver si sabe. Nuevas opciones, nuevos números, vuelve la esperanza. Cinco, dos, cinco, cinco, seis, uno, dos, siete. Tono. Rentamos el cuarto el día de ayer, pero suerte con tu búsqueda. Gracias. La mente ataca con hubieras. Acciones inexistentes formuladas para el tormento. Un paseo por los canales, que se contagie la felicidad ajena.

Día cuatro, un billete y una moneda apartan mi noche. Cuento mis ahorros. Un desayuno de carnes frías con pan negro, una taza de café. Reviso mis correos. Una nueva oferta llega. Dejo mi comida camino dos o tres kilómetros, voy al teléfono público más cercano. Aparatos en peligro de extinción. Luce en el abandono, su entorno lo desgasta. Tomo el auricular, marco, los nervios se descargan en mis dedos. Me equivoco. Va de nuevo. Entra el tono, el mismo tono que teje una cortina de ilusión. Contestan. Sí está disponible puedes pasar a verlo esta tarde. Mi cartera exhala, anoto nombre, dirección para después traducirlo en paradas de trenes y autobuses. Doy las gracias, me despido. Cuelgo. Una sonrisa moldea mi gesto. Intercambio un problema por otro. Una renta diaria por una mensual. Un mes asegurado, una dirección, un contacto; la incertidumbre disminuye.

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