Páramo

Todavía no sale el sol, se esconde por ahí atrás de los cerros, donde jugabas con los amigos de la cuadra. Ahí se espera, escondido en las piedras, junto a los alacranes que cada verano salen a colgarse de las paredes de tu cuarto. No creas que piensa asomarse. Algunos rayos escapan, se arrastran y arañan tus tobillos, eso de esconder al sol no es cosa fácil. Sabes que no quiere que se atestigüe tu retiro. Me abandonas. Olvidas tus instintos sedentarios. Tus pertenencias se vuelven carcasas, más piedras pal desierto. Buscas algo mejor, es muy probable que no lo encuentres, pero ya te decidiste . Así como tu tortuga murió por su terquedad, tu morirás al pasar la frontera. Para que te vas si no sabes lo que quieres. Te olvidas de que naciste para estar en esta tierra. Los rayos te han tatuado la espalda. Tus sentidos se amoldaron a los cerros. Mudas de piel. El frío y el calor te quemarán. Canjearás tu sombra por hambre. Tu lengua mutará y remplazarás ideales con monedas, palabras, mezclarás vivencias presentes con futuras. Olvidarás a escuchar el clima con el olfato.

Una ola de viento levanta el polvo y cierra tu pasado. Te alejaste de tu tierra. Arrancaste tus raíces, aún no entiendes que no encontrarás comodidad como la de tu infancia. Compararás presente con pasado. Buscarás tu tierra prometida. Aquella tierra que llegó en visiones. Algunos marcan su meta con un águila despedazando a una cabra, pero tu la marcas con la felicidad. La felicidad que sólo viene con los recuerdos de tu tierra, pero me abandonaste. Dejé de existir en el momento en que migraste y por más que vuelvas a buscarme no me encontrarás, me perderé entre los cerros, debajo de las piedras, entre tus recuerdos se carcomidos. Te aferrarás al pasado y quizá llegue el día en que te des cuenta de que el pasado que añoras nunca existió. Te cortaste las raíces y te fuiste de tu pueblo. Ahora deambulas despellejado como calaca garbancera. Dejaste ese Guachochi querido del rocío mañanero, con su viento cargado de polvo, con sus liebres y lechuzas. Y así como el pescador que se cae del bote, buscarás regresar a mi hasta el momento de tu muerte.

El Mercado

El día de hoy no se presentó Ernesto. Ha pasado casi una semana desde que lo vimos por última vez. Se siente raro estar sentado en estos mesabancos y saber que el lado izquierdo está vacío. Carlos me dijo que sus papás huyeron junto con él, que alguien los buscaba, que recibían amenazas y que por eso se fueron. Otros compañeros dicen que los agarraron porque vendían niños en el mercado, otros dicen que simplemente vendieron a Ernesto. Los maestros sólo callan, pero se ve que sus caras cargan una respuesta que no quieren soltar. En el salón se siente su ausencia. Me imagino que todos la sentimos por igual, a pesar de que con cada día que pasa hablamos menos del tema. Poco a poco intentamos regresar a una normalidad inexistente, ponemos nuestro grano de arena al evitar mencionar su nombre, como si hubiera un temor de verlo regresar, de que cuestione nuestro comportamiento. Esta mañana llegamos al salón de clases. El día inició con la pasada de la lista. El nombrar de su apellido rebotó en las ventanas del salón. Lo acompañamos con un silencio incómodo y las dudas volvieron a invadirme. Me pregunto que llegará a suceder primero, si la maestra se cansará de nombrarlo y optará por omitirlo o si Ernesto, simplemente regresará y las mañanas dejarán de ser incómodas. Mi madre me dice que a la gente se la roban en los mercados y cada vez que vamos no me suelta la mano. Me asusta ver el movimiento de la gente. Encuentro muchos olores con los que sólo me topo en el mercado. Veo a señoras con bolsas grandes, cargadas de chiles frescos, chiles secos, pimienta, canela, jamaica y demás especias que no conozco y nunca compramos. A lo lejos una que otra vendedora trae unos trozos de carne, pedazos de chicharrón. Cada tres pasos que damos hay alguien que grita, alguien que nos invita a pasar a su puesto. Prueben los chiles. La flor de calabaza viene fresca viene derechito del Valle. Mi madre siempre pregunta si lo que compra es fresco y siempre obtiene su afirmación, su respaldo. En casa mi madre termina de hacer la comida, mientras me asomo por la ventana donde alcanzo a ver el mercado. Observo a sus vendedores, a sus taxistas, a sus puestos de verduras y sus carnicerias, a sus vagabundos, a sus vendedores ambulantes, a sus malabaristas, a sus lavacoches mas no veo a Ernesto. Solo espero que mañana regrese a clases.

La marcha de Ignacio Ayala

Los primeros rayos de luz golpean en las paredes de la casa de Ignacio. Paredes de ladrillo carcomido, tuberías viejas y techos con goteras le dan cobijo al flaco. Inquieto de toda la vida diría la abuela que lo crió, enterrada ya hace más de ochenta años. Ignacio lleva horas caminando de un lado a otro en su casa, como gallo enjaulado. Hombre viejo de pasos lentos e inciertos, así como aquellos que dan los que comienzan a ejecutar la acción por primera vez. Va y viene. Se detiene con paredes, muebles, sillas. Se inclina unos grados para enfrente, otros grados para atrás, que para la derecha o la izquierda según este parado el observador. Desde fuera, gracias a las ventanas de su casa se aprecia su joroba tambaleante. Los vecinos duermen, colonias bajo las cobijas, autos bajo el rocío. Ignacio se muda pronto. El día de hoy comenzará a empacar. Ayer recibió su carta. Carta que lo corre del domicilio. Se le da un período de gracia, más por lástima que cortesía. Molestias que no se cancelan, sólo se posponen. La gente se olvida que para una vida inundada de años, semanas de más semanas de menos forman parte del mismo instante.

Solitario por obligación, decisiones tomadas por su entorno, destino, suerte o vaya uno a saber realmente por qué o por quién pero no por Ignacio. Enviudó hace cerca de quince años. Pésames por aquí, pésames por allá, abrazos con lágrimas de reptiles. Pobre Ignacio ya encontrarás a alguien ya verás. Como si enviudar a esas alturas del camino fuese cosa inusual. El viejo aceptó la muerte y los consejos desechables de las amistades de su mujer. No lloró, a la vista del público. No lamentó, ante los oídos de sus allegados y tampoco enterró el cuerpo de su mujer como hizo saber a la gente. Le pagó a un conocido quien se dedicó a desaparecer el cadáver fresco de la mujer marchita. Cumpliendo así con el deseo de su mujer, el de no ser un peso para él. Trato sencillo, rápido e ilegal. No hubo recibos y el secreto murió cuatro años más tarde por un paro cardíaco, mientras comía tacos de chicharrón frente al correo del pueblo.

Ignacio ya no envejece, ha llegado al límite, ya no caben arrugas en su cara. Las bolsas de los ojos no se extienden más, su joroba se encuentra en una recesión. Los años no le pesan tanto como la nariz, las orejas le cuelgan al igual que su cuello guajolotero. Él lo sabe, lo tiene presente y ha perdido la cuenta de su edad. Su mujer era la que llevaba anotado esos detalles en una libreta, que solo ella sabría dónde quedarían las cuentas. La gente no le atina a sus años, especulaciones restringidas a números de dos dígitos. Sus células raquíticas se rehúsan a la extinción. Ahora se muda. La violencia cobró la vida de sus hijos, de esto hace ya bastante tiempo. Que un padre sobreviva a sus hijos es un evento tan anormal, que no hay palabra en esta lengua que lo describa. Cortadas y moretes en la vida de un hombre que se arraigan a la memoria.

Ignacio está consciente, sabe que debe irse, sabe que debe empacar. Escasos recursos, pensión merecida, mas pagos no obtenidos. Afuera de su casa está su bicicleta. Vieja a los ojos de los vecinos, bicicleta inigualable a los gustos de este viejo. Manubrio y pedales amoldados a sus extremidades. Sus escasas nalgas moldeadas por el asiento carcomido. Ignacio da pasos, se dirige a la puerta de su casa. Columnas de libros en el suelo. Colecciones adquiridas alrededor de los años, ediciones viejas, dedicatorias,  autógrafos, organizados en columnas de medio metro. Música no tiene, ha cambiado de formato muchas veces a lo largo de los años. Escucha la radio y recibe las ofertas musicales del azar. Abre la puerta de su casa, deja pasar la oscuridad unos metros. Un suspiro seguido de su tos con flemas mañaneras. Cuatro escalones de concreto se interponen entre Ignacio y su bicicleta. Las rodillas le duelen, crujen con el frío como si se acabaran de conocer. Dos manos viejas pescan el manubrio de la bicicleta y la jalan. Las sobras de energía rezagada, a través de varias décadas, saldrán a relucir en estos días. Ignacio no hay de otra, ahora comienza la mudanza.

El agregado

Me acerco a la puerta de lámina oxidada. Toco un par de veces. De una de las ventanas cuelga un anuncio que dice. Se rentan cuartos amuebladoz. Un camión de ruta cargado de ruido pasa a mis espaldas. El taller mecánico del vecino observa mis movimientos. En la esquina de atrás dos hombres venden maíz al por mayor. Sentados me observan. En el barrio se conocen. Saben quiénes pertenecen y quiénes visitan. Vuelvo a tocar. El eco de mis acciones rebota por el interior de la casa. Adentro responden unas botas con sus pasos. Se abre la puerta y una voz amable me invita a la estancia. Pásale, pásale. Gestos de bienvenida expresados con los brazos. Compartimos experiencias. Invado el pasillo con preguntas: ¿cómo has estado?, ¿por qué tan golpeado?, ¿qué te pasó? Daños hechos por una ciudad agresiva. Respuestas sumisas de su estima desgarrada.

Vamos a ver el punto de llegada. Vamos a las vías. Salimos de la casa. Santos renquea, aún no se recupera. El chillido de las bisagras anuncia nuestra salida. El mecánico saluda, aprueba la visita guiada. Aquí se tiene que andar con cuidado, insiste el hondureño. En un instante este mundo se voltea y ni paque te cuento. Me saludan unos niños con sus cejas. Por las noches asaltan las tiendas, siempre lo hacen en los barrios vecinos, aquí los conocen; en estas cuadras no pueden hacer nada. Asaltan por comida, según me confesaron en un intento de asalto hace un par de días. No tengo dinero les confesé, sólo lo justo para el camión a mi casa. Los niños se apiadaron. ¿Qué haces por aquí? Vengo a ver a la gente que llega a esa casa azul. Te hemos visto, pero ¿para qué los visitas? Me siento sólo respondí. Los tres callamos, dejamos que las palabras resuenen en el vacío de nuestros cuerpos. Sonríen, nadie habla más. El más grande correteó al menor y se despidieron a lo lejos.

Camino al lado de Santos. El me narra los últimos eventos de su vida, mezclados con sueños futuros en su tierra natal. Cruzamos una avenida. Siento el repudio de la zona. Calles lastimadas, se acorralan y gruñen. Heridas frescas que no se dejan sanar. Tiendas de abarrotes pintadas con logotipos de comercios imperialistas. Las banquetas cuentan con pedazos de huacales. Terrenos baldíos con gallinas picoteando mezclas de tierra con basura. El calor nos oprime. Santos extiende su brazo y señala es atrás de estas bodegas.

Llegamos a un nuevo cruce. Atravesamos la calle. Frente a una de las bodegas hay una puerta metálica. Gente se acumula sobre esa puerta. Desesperados impulsos del hambre se expresan con movimientos torpes. Una rendija sirve como único medio de comunicación entre la gente y el alimento. Una mano se asoma por la rendija con vasos de poliestireno. Cuerpos se amontonan toman los vasos, tiemblan, tiran sopa, besan la mano que les da de comer. Gozan su comida, encerrados en su mundo, encapsulados en su paladar. Unos parados otros sentados, ratas muertas adornan las banquetas. Una mujer que bien podría ser mi abuela se sienta en unos escalones. Vendas viejas cubren una herida reciente que no para de supurar. Mascotas callejeras se acercan a sus amos a comer los restos de un regalo divino. Observo a la gente, inhalo el dolor ajeno. El entorno me golpea. Santos lo siente y responde con palmadas en mi espalda. Es gente buena la del tres cuarenta y cuatro cuenta el hondureño. Hay gente buena enfatiza y así con estas contadas palabras intenta aminorar la pesadez del camino.

Alcanzamos las vías del tren. La locomotora descansa, duerme. Aquí te puedes trepar dice Santos. Será un largo viaje. Toco la máquina mientras recapacito el peligro que esto implica. Los pensamientos se enfrentan jalan para hemisferios opuestos. Acaricio los lados de la máquina. Siento el cariño concentrado en las vivencias de estas piezas de acero. Debato mentalmente el paso a tomar.

3 de octubre

Ayer en la noche hubo una balacera. Los truenos me recuerdan a las quejas de las armas. Discusiones que terminan con aullidos de perros. Veo a través de la ventana de mi cuarto que esta en el segundo piso de la casa. El agua corre por las banquetas. Abajo observo la silueta. Llueve pero no se moja. Mi gato se altera, brinca en el escritorio, tira cosas, da vueltas. Esta ansioso. Los tres compartimos el sentimiento. La luz de la casa de atrás se enciende. Nadie vive ahi. Intento calmar a mi gato mas no se deja. Afuera el sabe que lo observamos, mas no dice palabra alguna. Permanece quieto. Quieto a la espera de alguna respuesta. Tres seres incapaces de comunicar sus angustias.

Ayer en la noche hubo una balacera. Ahora escurre el agua por las paredes y me recuerda al tiempo en casa de mi abuela. El frío se colaba por los poros y te mordía los huesos. El vaho rodeaba nuestros rezos mientras nos curábamos el mal con café instantaneo. Afuera nada se mueve. No se qué decirle. Mis pensamientos son incapaces de salir. Mi boca no se abre, quiero gritarle, preguntarle qué pasó, qué vió ayer, a quién mataron. Me vuelvo mudo igual que el gato. Camino al rededor de mi cuarto, imito a mi mascota. Inservibles los dos. Sé que pensamos lo mismo. Mi mano en la chapa intento abrir mi puerta aunque el miedo me detiene. El gato vuelve al escritorio. Tira un libro. Intenta disuadirme. Jalo la chapa, retumba el cielo. Escucho los tiroteos, los gritos de las llantas. Gente que se va y el dolor que se queda. El dolor abandonado en la banqueta.

Ayer en la noche hubo una balacera y es hora que mi padre no regresa.

 

El Gato Pardo

Aquí es raro que llueva. No hay nubes en el cielo y no se espera verlas pronto. El aire no se mueve, las corrientes no existen, no hay palabra que lo describa, ni piel que lo interprete. Estamos en el norte. Bienvenidos los metiches. Ahogados en el polvo soportamos el calor. Hay mujeres en el pueblo porque ahora se descansa, dejan de cuidar hogares ajenos para atender el suyo. El hombre pide comida, los niños exigen cariño. Este es su descanso, disfruten su compañía. Respiren, huelan, hay frijoles en la olla.El Mago vs. El Tablas

En este lugar las cosas no envejecen sólo se maltratan. Volteen a sus lados, vean lo que nos rodea. Techos de lona, escalones de llantas, paredes carcomidas. Hogares con raíces y casas desechables. Chapas no ocupamos, ¿quién desea lo que tenemos? Aquí todos andamos por igual, nadie tiene más, nadie tiene menos. No hay luz y no hay televisión. La violencia es por entretenimiento. Ahora se enfrentan dos hombres el Mago Baltinga y el Tablas. Cada uno tiene lo suyo para qué les voy a mentir. Las apuestas estan buenas, muy cerradas, así son los juegos de azar. Un volado a fin de cuentas, pero no contamos con monedas, usamos a nuestra gente. El Mago es muy recto, chófer de nacimiento. No ha hecho otra cosa, dicen que nació con el pueblo. Maneja el 206 allá por la ciudad, corre por la Zona Norte  pasa detrás de la universidad. El Tablas no, ese es taxista. Corre por las noches, banderazos excesivos y vueltas largas si eres foráneo. Tranza desde su concepción pero aquí se comporta, nadie tiene lo que anhela. Aquí el zacate crece parejo. No lo culpamos, cada quien hace lo que puede por cambiar su situación, diferentes ideas, diferentes rumbos, pero eso sí hasta ahorita los mismos resultados.

Vengan, vengan, que ya empieza el encuentro. Pide tu soda, que te la sirvan en bolsa. El de mallas negras es el Mago Baltinga, marcas de salitre por doquier. El Tablas viene sin camisa, sus hombros decorados con estrías, enmascara sus gestos en plateado. La gente apuesta con favores: cuidar niños, hacer comidas, cubrir turnos. Se agarran los dos hombres, bailoteos y danzas. El Tablas azota, el Mago se golpea. Cuerpos encimados atados en confusión. La gente acerca sillas. ¡Dale con ganas! Golpes de lámina. Una para cada uno, que sufran por igual. ¡Échenle otra al Mago que nos lo matan! Acercan una de plástico. Intentos contraproducentes. Llaves, gritos y dolor. Sentimientos contagiados. El público se altera. ¡Fíjense lo que le hacen! Tres golpes en la lona se encapsulan en silencio. La comunidad se divide: Los Magos y los Tablas. Ganadores y perdedores. Malditos y suertudos. Felices y amargos. Ambos lastimados. Todos dolidos. Lamentos que rebotan por el barrio. El Gato Pardo sufre por el regreso a la rutina.

Acervo cultural

La semana pasada se llevó a cabo el más reciente simulacro electoral. Simulacro que forma parte de la tradición electoral mexicana. Surge como respuesta a la dictadura convencional, la cual traía como desventaja levantamientos armados. Levantamientos difíciles de digerir. La idea es crear la ilusión democrática con el fin de renovar una dictadura. Países vecinos celebran tradiciones similares. El mundo moderno deja atrás estos comportamientos. Poco a poco ha ido mueren viejas costumbres. ¡El gobierno busca defenderlas! Instituciones se rehúsan a perder sus raíces. Se una tradicón homogénea. Todos por parejo. Regios, poblanos, mexiquenses, cachanillas, paceños bajo una misma ilusión.

Participantes del evento se esmeran en hacer evidente esta parte de la cultura política. Se festeja cada seis años. Los preparativos comienzan años previos al evento. Burócratas se motivan. Empiezan los rumores. ¿Quién será el ganador? ¿A quién elegimos? ¿Qué tal si es presidenta? Nah, no rompas con tradiciones. ¿Y si empezamos una guerra en nombre de la democracia? No hay que copiar costumbres de otros lados. Las mejores fiestas han sido cuando nos vamos con lo tradicional. Lo sencillo. Recuerda. Entregar sacos de cemento, despensas, gorras, camisas, eso sale más barato y le encanta a la gente. Las guerras no andan de moda y además el ejército anda ocupado.

Simulacro tras simulacro el IFE se enrolla más. Sus aportaciones son notorias. ¡Nosotros ponemos más boletas! ¡No, es más las duplicamos! Unas las llenamos desde ahorita. ¿Y cómo dices que se llamará el próximo? ¿Ernesto qué perdón? Ah pues si lo conozco al compa. Osea que ya andamos repitiendo candidatos. Los noticieros montan reportajes. Se apegan a las raíces del festejo. Mismos reportajes. Mismos reporteros. Más arrugas. Aquí te encargo estos artículos. Acualiza los nombres de los participantes. Cada festejo llama a mayor propaganda. Que se difunda. Que la gente no se olvide. Falta poco. Difusión en postes, paredes, espectaculares, pósters, camisas, gorras, lentes, tarjetas de teléfono, termos, agujetas, pulseras, anillos, calcetines, calcomanías, lonas, encuestas, pantallas, ondas, murales, bancas, botes de basura, pantalones, tatuajes, edecanes, refrigeradores. Como nuevos agregados tenemos bots y trolls. ¿Y monederos electrónicos? Buena idea.

Se acerca la fecha. Protestas en contra de uno. Lo corren de la Ibero Entra el pánico. Es normal, siempre sucede en los eventos. fiestas vacías. La gente tarda en llegar. Recuerda, son mexicanos llegan a deshoras. Pues no llegan. ¿Y los acarreados? No son acarreados, es gente que quiere participar en la celebración. Nosotros sólo los transportamos al evento y de regreso a sus casas. La policía cerciora que los tiempos se sigan como estaban previstos. El Partido Verde se anota a la protección de mapaches, cría halconcitos y busca carne de chivo para asegurar un buen festejo. Salen los primeros resultados. Comienza el conteo. Aquí se dan a conocer las sorpresas. Es la etapa mayor emoción. A veces candidatos se rinden al poco tiempo de comenzar el conteo, a veces se cae el sistema, también hay veces en los resultados son tan cercanos que es cardíaco. Cabe mencionar que por lo general hay muchos aspectos de esta etapa que se mantienen por amor a la tradición, como el hecho de tener más votos que votantes, que los votos de un partido pasen a contar para otro, que el conteo de votos de un partido sea ilegible. El día continúa. Se declara un ganador con resultados no oficiales. Los güeros se agregan al festejo. Su emoción no se contiene. Felicitan a un candidato antes del dictamen.

Calles que despiertan, gritan y se quejan. Quejas que crecen, se enamoran, se reproducen, se suman; se convierten en letreros, lonas y marchas. Barrios entran en pánico, vacían supermercados. La gente hace entrevistas. Los medios hacen bodas. Las calles gritan. Instituciones cierran sus puertas. Esta gente que no entiende. Ese político que no sabe perder. Festejos vacíos. Mentiras que se atrapan con redes. Empresas que cumplen su contrato. El país se retuerce. Todo esto como parte de una tradición impuesta.

De raíz

I

En noviembre 2008 decidí salir del país. Monterrey se sentía de picada tras meses de crisis y con una guerra declarada a nivel nacional por el gobierno en mando. Mi único ingreso, las mensualidades de la beca del FONCA. Mi destino lo definí tras una búsqueda prematura. Iré al norte de Europa, el sur se desmorona. Mi país me cerró las puertas en la investigación, si quería continuar como ingeniero para pagar mi renta tenía que tomar una decisión.

En agosto del siguiente año llegué a Copenhague. Mis recursos, escasos, unos pesos de mi beca otros de mis padres, otros de la tía, bendiciones de parientes. Un arranque, pensé. Un arranque es lo que ocupo, no será dificil. La gente aquí es feliz. Vive en paz. Lánzate. Rentas inimaginables, precios inalcanzables y gastos inevitables comenzaron a bombardear mi llegada. Con mis ahorros en el puño de mi mano derecha y mis pertenencias en la izquierda esperé en la fila de la casa de cambio. Menos billetes. Más monedas. Ni hablar. Una lengua desconocida nubla las pláticas de mi entorno y las vuelve murmullos inentendibles. El miedo me abraza y se niega a soltarme. Mis libros consentidos en mi maleta. Tengo que buscar un cuarto. Me hospedo en un hostal con precio de hotel, no hay oferta más barata. Un billete por noche, ese es el precio. Si quieres sábanas suelta otra moneda. Tres días buscando cuartos por internet, por la escuela, por rumores. Correos pendientes. ¿Cómo te va? Mucha suerte. Te extraño. Remordimientos de mis actos atacan a mi persona.

Cinco, dos, cuatro, nueve, cuatro, dos, cero, dos. Tono. Lo siento el cuarto esta alquilado. Distintos números, mismo resultado. La gente aquí repite la misma historia, no mira aquí no tomas lo que quieres tomas lo que hay. ¿Ves a ese? Pues lleva 4 meses buscando casa. No hay. Hay que estar vivo. Mis ahorros disminuyen, mis esperanzas se ahogan y mi miedo aumenta. Opto por un baño para cerrar un día sin frutos. Siete de la mañana, va de nuevo. Los empleados del hostal se acostumbran a escuchar la misma historia con gente que llega y no se va, aún así intentan ayudar. En las tiendas hay anuncios colgados debes revisar a veces hay cuartos anunciados, en tal página de internet encontrarás algo, mejor trata en esta de paga, deja le pregunto a un amigo a ver si sabe. Nuevas opciones, nuevos números, vuelve la esperanza. Cinco, dos, cinco, cinco, seis, uno, dos, siete. Tono. Rentamos el cuarto el día de ayer, pero suerte con tu búsqueda. Gracias. La mente ataca con hubieras. Acciones inexistentes formuladas para el tormento. Un paseo por los canales, que se contagie la felicidad ajena.

Día cuatro, un billete y una moneda apartan mi noche. Cuento mis ahorros. Un desayuno de carnes frías con pan negro, una taza de café. Reviso mis correos. Una nueva oferta llega. Dejo mi comida camino dos o tres kilómetros, voy al teléfono público más cercano. Aparatos en peligro de extinción. Luce en el abandono, su entorno lo desgasta. Tomo el auricular, marco, los nervios se descargan en mis dedos. Me equivoco. Va de nuevo. Entra el tono, el mismo tono que teje una cortina de ilusión. Contestan. Sí está disponible puedes pasar a verlo esta tarde. Mi cartera exhala, anoto nombre, dirección para después traducirlo en paradas de trenes y autobuses. Doy las gracias, me despido. Cuelgo. Una sonrisa moldea mi gesto. Intercambio un problema por otro. Una renta diaria por una mensual. Un mes asegurado, una dirección, un contacto; la incertidumbre disminuye.