#IgnacioAyala

La marcha de Ignacio Ayala

Los primeros rayos de luz golpean en las paredes de la casa de Ignacio. Paredes de ladrillo carcomido, tuberías viejas y techos con goteras le dan cobijo al flaco. Inquieto de toda la vida diría la abuela que lo crió, enterrada ya hace más de ochenta años. Ignacio lleva horas caminando de un lado a otro en su casa, como gallo enjaulado. Hombre viejo de pasos lentos e inciertos, así como aquellos que dan los que comienzan a ejecutar la acción por primera vez. Va y viene. Se detiene con paredes, muebles, sillas. Se inclina unos grados para enfrente, otros grados para atrás, que para la derecha o la izquierda según este parado el observador. Desde fuera, gracias a las ventanas de su casa se aprecia su joroba tambaleante. Los vecinos duermen, colonias bajo las cobijas, autos bajo el rocío. Ignacio se muda pronto. El día de hoy comenzará a empacar. Ayer recibió su carta. Carta que lo corre del domicilio. Se le da un período de gracia, más por lástima que cortesía. Molestias que no se cancelan, sólo se posponen. La gente se olvida que para una vida inundada de años, semanas de más semanas de menos forman parte del mismo instante.

Solitario por obligación, decisiones tomadas por su entorno, destino, suerte o vaya uno a saber realmente por qué o por quién pero no por Ignacio. Enviudó hace cerca de quince años. Pésames por aquí, pésames por allá, abrazos con lágrimas de reptiles. Pobre Ignacio ya encontrarás a alguien ya verás. Como si enviudar a esas alturas del camino fuese cosa inusual. El viejo aceptó la muerte y los consejos desechables de las amistades de su mujer. No lloró, a la vista del público. No lamentó, ante los oídos de sus allegados y tampoco enterró el cuerpo de su mujer como hizo saber a la gente. Le pagó a un conocido quien se dedicó a desaparecer el cadáver fresco de la mujer marchita. Cumpliendo así con el deseo de su mujer, el de no ser un peso para él. Trato sencillo, rápido e ilegal. No hubo recibos y el secreto murió cuatro años más tarde por un paro cardíaco, mientras comía tacos de chicharrón frente al correo del pueblo.

Ignacio ya no envejece, ha llegado al límite, ya no caben arrugas en su cara. Las bolsas de los ojos no se extienden más, su joroba se encuentra en una recesión. Los años no le pesan tanto como la nariz, las orejas le cuelgan al igual que su cuello guajolotero. Él lo sabe, lo tiene presente y ha perdido la cuenta de su edad. Su mujer era la que llevaba anotado esos detalles en una libreta, que solo ella sabría dónde quedarían las cuentas. La gente no le atina a sus años, especulaciones restringidas a números de dos dígitos. Sus células raquíticas se rehúsan a la extinción. Ahora se muda. La violencia cobró la vida de sus hijos, de esto hace ya bastante tiempo. Que un padre sobreviva a sus hijos es un evento tan anormal, que no hay palabra en esta lengua que lo describa. Cortadas y moretes en la vida de un hombre que se arraigan a la memoria.

Ignacio está consciente, sabe que debe irse, sabe que debe empacar. Escasos recursos, pensión merecida, mas pagos no obtenidos. Afuera de su casa está su bicicleta. Vieja a los ojos de los vecinos, bicicleta inigualable a los gustos de este viejo. Manubrio y pedales amoldados a sus extremidades. Sus escasas nalgas moldeadas por el asiento carcomido. Ignacio da pasos, se dirige a la puerta de su casa. Columnas de libros en el suelo. Colecciones adquiridas alrededor de los años, ediciones viejas, dedicatorias,  autógrafos, organizados en columnas de medio metro. Música no tiene, ha cambiado de formato muchas veces a lo largo de los años. Escucha la radio y recibe las ofertas musicales del azar. Abre la puerta de su casa, deja pasar la oscuridad unos metros. Un suspiro seguido de su tos con flemas mañaneras. Cuatro escalones de concreto se interponen entre Ignacio y su bicicleta. Las rodillas le duelen, crujen con el frío como si se acabaran de conocer. Dos manos viejas pescan el manubrio de la bicicleta y la jalan. Las sobras de energía rezagada, a través de varias décadas, saldrán a relucir en estos días. Ignacio no hay de otra, ahora comienza la mudanza.

#ElAgregado

3 de octubre

Ayer en la noche hubo una balacera. Los truenos me recuerdan a las quejas de las armas. Discusiones que terminan con aullidos de perros. Veo a través de la ventana de mi cuarto que esta en el segundo piso de la casa. El agua corre por las banquetas. Abajo observo la silueta. Llueve pero no se moja. Mi gato se altera, brinca en el escritorio, tira cosas, da vueltas. Esta ansioso. Los tres compartimos el sentimiento. La luz de la casa de atrás se enciende. Nadie vive ahi. Intento calmar a mi gato mas no se deja. Afuera el sabe que lo observamos, mas no dice palabra alguna. Permanece quieto. Quieto a la espera de alguna respuesta. Tres seres incapaces de comunicar sus angustias.

Ayer en la noche hubo una balacera. Ahora escurre el agua por las paredes y me recuerda al tiempo en casa de mi abuela. El frío se colaba por los poros y te mordía los huesos. El vaho rodeaba nuestros rezos mientras nos curábamos el mal con café instantaneo. Afuera nada se mueve. No se qué decirle. Mis pensamientos son incapaces de salir. Mi boca no se abre, quiero gritarle, preguntarle qué pasó, qué vió ayer, a quién mataron. Me vuelvo mudo igual que el gato. Camino al rededor de mi cuarto, imito a mi mascota. Inservibles los dos. Sé que pensamos lo mismo. Mi mano en la chapa intento abrir mi puerta aunque el miedo me detiene. El gato vuelve al escritorio. Tira un libro. Intenta disuadirme. Jalo la chapa, retumba el cielo. Escucho los tiroteos, los gritos de las llantas. Gente que se va y el dolor que se queda. El dolor abandonado en la banqueta.

Ayer en la noche hubo una balacera y es hora que mi padre no regresa.