El Mercado

El día de hoy no se presentó Ernesto. Ha pasado casi una semana desde que lo vimos por última vez. Se siente raro estar sentado en estos mesabancos y saber que el lado izquierdo está vacío. Carlos me dijo que sus papás huyeron junto con él, que alguien los buscaba, que recibían amenazas y que por eso se fueron. Otros compañeros dicen que los agarraron porque vendían niños en el mercado, otros dicen que simplemente vendieron a Ernesto. Los maestros sólo callan, pero se ve que sus caras cargan una respuesta que no quieren soltar. En el salón se siente su ausencia. Me imagino que todos la sentimos por igual, a pesar de que con cada día que pasa hablamos menos del tema. Poco a poco intentamos regresar a una normalidad inexistente, ponemos nuestro grano de arena al evitar mencionar su nombre, como si hubiera un temor de verlo regresar, de que cuestione nuestro comportamiento. Esta mañana llegamos al salón de clases. El día inició con la pasada de la lista. El nombrar de su apellido rebotó en las ventanas del salón. Lo acompañamos con un silencio incómodo y las dudas volvieron a invadirme. Me pregunto que llegará a suceder primero, si la maestra se cansará de nombrarlo y optará por omitirlo o si Ernesto, simplemente regresará y las mañanas dejarán de ser incómodas. Mi madre me dice que a la gente se la roban en los mercados y cada vez que vamos no me suelta la mano. Me asusta ver el movimiento de la gente. Encuentro muchos olores con los que sólo me topo en el mercado. Veo a señoras con bolsas grandes, cargadas de chiles frescos, chiles secos, pimienta, canela, jamaica y demás especias que no conozco y nunca compramos. A lo lejos una que otra vendedora trae unos trozos de carne, pedazos de chicharrón. Cada tres pasos que damos hay alguien que grita, alguien que nos invita a pasar a su puesto. Prueben los chiles. La flor de calabaza viene fresca viene derechito del Valle. Mi madre siempre pregunta si lo que compra es fresco y siempre obtiene su afirmación, su respaldo. En casa mi madre termina de hacer la comida, mientras me asomo por la ventana donde alcanzo a ver el mercado. Observo a sus vendedores, a sus taxistas, a sus puestos de verduras y sus carnicerias, a sus vagabundos, a sus vendedores ambulantes, a sus malabaristas, a sus lavacoches mas no veo a Ernesto. Solo espero que mañana regrese a clases.