El Mercado

El día de hoy no se presentó Ernesto. Ha pasado casi una semana desde que lo vimos por última vez. Se siente raro estar sentado en estos mesabancos y saber que el lado izquierdo está vacío. Carlos me dijo que sus papás huyeron junto con él, que alguien los buscaba, que recibían amenazas y que por eso se fueron. Otros compañeros dicen que los agarraron porque vendían niños en el mercado, otros dicen que simplemente vendieron a Ernesto. Los maestros sólo callan, pero se ve que sus caras cargan una respuesta que no quieren soltar. En el salón se siente su ausencia. Me imagino que todos la sentimos por igual, a pesar de que con cada día que pasa hablamos menos del tema. Poco a poco intentamos regresar a una normalidad inexistente, ponemos nuestro grano de arena al evitar mencionar su nombre, como si hubiera un temor de verlo regresar, de que cuestione nuestro comportamiento. Esta mañana llegamos al salón de clases. El día inició con la pasada de la lista. El nombrar de su apellido rebotó en las ventanas del salón. Lo acompañamos con un silencio incómodo y las dudas volvieron a invadirme. Me pregunto que llegará a suceder primero, si la maestra se cansará de nombrarlo y optará por omitirlo o si Ernesto, simplemente regresará y las mañanas dejarán de ser incómodas. Mi madre me dice que a la gente se la roban en los mercados y cada vez que vamos no me suelta la mano. Me asusta ver el movimiento de la gente. Encuentro muchos olores con los que sólo me topo en el mercado. Veo a señoras con bolsas grandes, cargadas de chiles frescos, chiles secos, pimienta, canela, jamaica y demás especias que no conozco y nunca compramos. A lo lejos una que otra vendedora trae unos trozos de carne, pedazos de chicharrón. Cada tres pasos que damos hay alguien que grita, alguien que nos invita a pasar a su puesto. Prueben los chiles. La flor de calabaza viene fresca viene derechito del Valle. Mi madre siempre pregunta si lo que compra es fresco y siempre obtiene su afirmación, su respaldo. En casa mi madre termina de hacer la comida, mientras me asomo por la ventana donde alcanzo a ver el mercado. Observo a sus vendedores, a sus taxistas, a sus puestos de verduras y sus carnicerias, a sus vagabundos, a sus vendedores ambulantes, a sus malabaristas, a sus lavacoches mas no veo a Ernesto. Solo espero que mañana regrese a clases.

3 de octubre

Ayer en la noche hubo una balacera. Los truenos me recuerdan a las quejas de las armas. Discusiones que terminan con aullidos de perros. Veo a través de la ventana de mi cuarto que esta en el segundo piso de la casa. El agua corre por las banquetas. Abajo observo la silueta. Llueve pero no se moja. Mi gato se altera, brinca en el escritorio, tira cosas, da vueltas. Esta ansioso. Los tres compartimos el sentimiento. La luz de la casa de atrás se enciende. Nadie vive ahi. Intento calmar a mi gato mas no se deja. Afuera el sabe que lo observamos, mas no dice palabra alguna. Permanece quieto. Quieto a la espera de alguna respuesta. Tres seres incapaces de comunicar sus angustias.

Ayer en la noche hubo una balacera. Ahora escurre el agua por las paredes y me recuerda al tiempo en casa de mi abuela. El frío se colaba por los poros y te mordía los huesos. El vaho rodeaba nuestros rezos mientras nos curábamos el mal con café instantaneo. Afuera nada se mueve. No se qué decirle. Mis pensamientos son incapaces de salir. Mi boca no se abre, quiero gritarle, preguntarle qué pasó, qué vió ayer, a quién mataron. Me vuelvo mudo igual que el gato. Camino al rededor de mi cuarto, imito a mi mascota. Inservibles los dos. Sé que pensamos lo mismo. Mi mano en la chapa intento abrir mi puerta aunque el miedo me detiene. El gato vuelve al escritorio. Tira un libro. Intenta disuadirme. Jalo la chapa, retumba el cielo. Escucho los tiroteos, los gritos de las llantas. Gente que se va y el dolor que se queda. El dolor abandonado en la banqueta.

Ayer en la noche hubo una balacera y es hora que mi padre no regresa.