Tiempos difíciles

… yo soy hombre de pocos conocimientos y de maneras ordinarias para que pueda indicar a este caballero el modo de mejorar todo esto…, aunque hay en esta ciudad trabajadores de más talento que yo y podrían hacerlo… pero sí que puedo decirle qué es lo que no mejorará jamás la situación. La mano dura no la mejorará. Con vencer y triunfar en los conflictos no se mejorará. Poniéndose de acuerdo para dar siempre, contra naturaleza, la razón a una de las partes, y quitársela siempre, contra toda lógica, a la otra parte, jamás, jamás se mejorará. Mientras se aísle a millares y millares de personas que viven todas de la misma manera, metidas siempre en idéntico embrollo, por fuerza han de ser como un solo hombre, y vosotros seréis como otro solo hombre, con un mundo negro e imposible de salvar entre unos y otros, mientras subsista esta situación desdichada, sea poco o sea mucho tiempo. No se mejorará la situación ni en todo el tiempo que ha de transcurrir hasta que el Sol se vuelva hielo, si se persiste en no acercarse a los trabajadores con simpatía, paciencia y métodos cariñosos como hacen ellos unos con otros en sus muchas tribulaciones, acudiendo al socorro de sus compañeros necesitados con lo que a ellos mismos les está haciendo falta… No lo hacen mejor, esa es mi humilde opinión, los trabajadores de ninguno de los países por donde ha viajado el caballero. Sobre todo valorándolos como tanta o cuánta mano de obra y moviéndolos como números en una suma, o como máquinas, igual que si ellos no tuviesen amores y gustos, recuerdos e inclinaciones, ni almas que pueden entristecerse, ni almas capaces de esperar… ; menospreciándolos como si para nada contasen ellos, cuando están tranquilos, y echándoles en cara la falta de sentimientos humanos en sus tratos con vosotros, cuando ellos se desasosiegan…; de ese modo, señor, no se mejorará la situación mientras el mundo sea mundo y no vuelva a la nada de que Dios lo sacó.

Esteban Blackpool, Tiempos difíciles por Charles Dickens publicado en 1854.

El agregado

Me acerco a la puerta de lámina oxidada. Toco un par de veces. De una de las ventanas cuelga un anuncio que dice. Se rentan cuartos amuebladoz. Un camión de ruta cargado de ruido pasa a mis espaldas. El taller mecánico del vecino observa mis movimientos. En la esquina de atrás dos hombres venden maíz al por mayor. Sentados me observan. En el barrio se conocen. Saben quiénes pertenecen y quiénes visitan. Vuelvo a tocar. El eco de mis acciones rebota por el interior de la casa. Adentro responden unas botas con sus pasos. Se abre la puerta y una voz amable me invita a la estancia. Pásale, pásale. Gestos de bienvenida expresados con los brazos. Compartimos experiencias. Invado el pasillo con preguntas: ¿cómo has estado?, ¿por qué tan golpeado?, ¿qué te pasó? Daños hechos por una ciudad agresiva. Respuestas sumisas de su estima desgarrada.

Vamos a ver el punto de llegada. Vamos a las vías. Salimos de la casa. Santos renquea, aún no se recupera. El chillido de las bisagras anuncia nuestra salida. El mecánico saluda, aprueba la visita guiada. Aquí se tiene que andar con cuidado, insiste el hondureño. En un instante este mundo se voltea y ni paque te cuento. Me saludan unos niños con sus cejas. Por las noches asaltan las tiendas, siempre lo hacen en los barrios vecinos, aquí los conocen; en estas cuadras no pueden hacer nada. Asaltan por comida, según me confesaron en un intento de asalto hace un par de días. No tengo dinero les confesé, sólo lo justo para el camión a mi casa. Los niños se apiadaron. ¿Qué haces por aquí? Vengo a ver a la gente que llega a esa casa azul. Te hemos visto, pero ¿para qué los visitas? Me siento sólo respondí. Los tres callamos, dejamos que las palabras resuenen en el vacío de nuestros cuerpos. Sonríen, nadie habla más. El más grande correteó al menor y se despidieron a lo lejos.

Camino al lado de Santos. El me narra los últimos eventos de su vida, mezclados con sueños futuros en su tierra natal. Cruzamos una avenida. Siento el repudio de la zona. Calles lastimadas, se acorralan y gruñen. Heridas frescas que no se dejan sanar. Tiendas de abarrotes pintadas con logotipos de comercios imperialistas. Las banquetas cuentan con pedazos de huacales. Terrenos baldíos con gallinas picoteando mezclas de tierra con basura. El calor nos oprime. Santos extiende su brazo y señala es atrás de estas bodegas.

Llegamos a un nuevo cruce. Atravesamos la calle. Frente a una de las bodegas hay una puerta metálica. Gente se acumula sobre esa puerta. Desesperados impulsos del hambre se expresan con movimientos torpes. Una rendija sirve como único medio de comunicación entre la gente y el alimento. Una mano se asoma por la rendija con vasos de poliestireno. Cuerpos se amontonan toman los vasos, tiemblan, tiran sopa, besan la mano que les da de comer. Gozan su comida, encerrados en su mundo, encapsulados en su paladar. Unos parados otros sentados, ratas muertas adornan las banquetas. Una mujer que bien podría ser mi abuela se sienta en unos escalones. Vendas viejas cubren una herida reciente que no para de supurar. Mascotas callejeras se acercan a sus amos a comer los restos de un regalo divino. Observo a la gente, inhalo el dolor ajeno. El entorno me golpea. Santos lo siente y responde con palmadas en mi espalda. Es gente buena la del tres cuarenta y cuatro cuenta el hondureño. Hay gente buena enfatiza y así con estas contadas palabras intenta aminorar la pesadez del camino.

Alcanzamos las vías del tren. La locomotora descansa, duerme. Aquí te puedes trepar dice Santos. Será un largo viaje. Toco la máquina mientras recapacito el peligro que esto implica. Los pensamientos se enfrentan jalan para hemisferios opuestos. Acaricio los lados de la máquina. Siento el cariño concentrado en las vivencias de estas piezas de acero. Debato mentalmente el paso a tomar.

Acervo cultural

La semana pasada se llevó a cabo el más reciente simulacro electoral. Simulacro que forma parte de la tradición electoral mexicana. Surge como respuesta a la dictadura convencional, la cual traía como desventaja levantamientos armados. Levantamientos difíciles de digerir. La idea es crear la ilusión democrática con el fin de renovar una dictadura. Países vecinos celebran tradiciones similares. El mundo moderno deja atrás estos comportamientos. Poco a poco ha ido mueren viejas costumbres. ¡El gobierno busca defenderlas! Instituciones se rehúsan a perder sus raíces. Se una tradicón homogénea. Todos por parejo. Regios, poblanos, mexiquenses, cachanillas, paceños bajo una misma ilusión.

Participantes del evento se esmeran en hacer evidente esta parte de la cultura política. Se festeja cada seis años. Los preparativos comienzan años previos al evento. Burócratas se motivan. Empiezan los rumores. ¿Quién será el ganador? ¿A quién elegimos? ¿Qué tal si es presidenta? Nah, no rompas con tradiciones. ¿Y si empezamos una guerra en nombre de la democracia? No hay que copiar costumbres de otros lados. Las mejores fiestas han sido cuando nos vamos con lo tradicional. Lo sencillo. Recuerda. Entregar sacos de cemento, despensas, gorras, camisas, eso sale más barato y le encanta a la gente. Las guerras no andan de moda y además el ejército anda ocupado.

Simulacro tras simulacro el IFE se enrolla más. Sus aportaciones son notorias. ¡Nosotros ponemos más boletas! ¡No, es más las duplicamos! Unas las llenamos desde ahorita. ¿Y cómo dices que se llamará el próximo? ¿Ernesto qué perdón? Ah pues si lo conozco al compa. Osea que ya andamos repitiendo candidatos. Los noticieros montan reportajes. Se apegan a las raíces del festejo. Mismos reportajes. Mismos reporteros. Más arrugas. Aquí te encargo estos artículos. Acualiza los nombres de los participantes. Cada festejo llama a mayor propaganda. Que se difunda. Que la gente no se olvide. Falta poco. Difusión en postes, paredes, espectaculares, pósters, camisas, gorras, lentes, tarjetas de teléfono, termos, agujetas, pulseras, anillos, calcetines, calcomanías, lonas, encuestas, pantallas, ondas, murales, bancas, botes de basura, pantalones, tatuajes, edecanes, refrigeradores. Como nuevos agregados tenemos bots y trolls. ¿Y monederos electrónicos? Buena idea.

Se acerca la fecha. Protestas en contra de uno. Lo corren de la Ibero Entra el pánico. Es normal, siempre sucede en los eventos. fiestas vacías. La gente tarda en llegar. Recuerda, son mexicanos llegan a deshoras. Pues no llegan. ¿Y los acarreados? No son acarreados, es gente que quiere participar en la celebración. Nosotros sólo los transportamos al evento y de regreso a sus casas. La policía cerciora que los tiempos se sigan como estaban previstos. El Partido Verde se anota a la protección de mapaches, cría halconcitos y busca carne de chivo para asegurar un buen festejo. Salen los primeros resultados. Comienza el conteo. Aquí se dan a conocer las sorpresas. Es la etapa mayor emoción. A veces candidatos se rinden al poco tiempo de comenzar el conteo, a veces se cae el sistema, también hay veces en los resultados son tan cercanos que es cardíaco. Cabe mencionar que por lo general hay muchos aspectos de esta etapa que se mantienen por amor a la tradición, como el hecho de tener más votos que votantes, que los votos de un partido pasen a contar para otro, que el conteo de votos de un partido sea ilegible. El día continúa. Se declara un ganador con resultados no oficiales. Los güeros se agregan al festejo. Su emoción no se contiene. Felicitan a un candidato antes del dictamen.

Calles que despiertan, gritan y se quejan. Quejas que crecen, se enamoran, se reproducen, se suman; se convierten en letreros, lonas y marchas. Barrios entran en pánico, vacían supermercados. La gente hace entrevistas. Los medios hacen bodas. Las calles gritan. Instituciones cierran sus puertas. Esta gente que no entiende. Ese político que no sabe perder. Festejos vacíos. Mentiras que se atrapan con redes. Empresas que cumplen su contrato. El país se retuerce. Todo esto como parte de una tradición impuesta.