#ElAgregado

El agregado

Me acerco a la puerta de lámina oxidada. Toco un par de veces. De una de las ventanas cuelga un anuncio que dice. Se rentan cuartos amuebladoz. Un camión de ruta cargado de ruido pasa a mis espaldas. El taller mecánico del vecino observa mis movimientos. En la esquina de atrás dos hombres venden maíz al por mayor. Sentados me observan. En el barrio se conocen. Saben quiénes pertenecen y quiénes visitan. Vuelvo a tocar. El eco de mis acciones rebota por el interior de la casa. Adentro responden unas botas con sus pasos. Se abre la puerta y una voz amable me invita a la estancia. Pásale, pásale. Gestos de bienvenida expresados con los brazos. Compartimos experiencias. Invado el pasillo con preguntas: ¿cómo has estado?, ¿por qué tan golpeado?, ¿qué te pasó? Daños hechos por una ciudad agresiva. Respuestas sumisas de su estima desgarrada.

Vamos a ver el punto de llegada. Vamos a las vías. Salimos de la casa. Santos renquea, aún no se recupera. El chillido de las bisagras anuncia nuestra salida. El mecánico saluda, aprueba la visita guiada. Aquí se tiene que andar con cuidado, insiste el hondureño. En un instante este mundo se voltea y ni paque te cuento. Me saludan unos niños con sus cejas. Por las noches asaltan las tiendas, siempre lo hacen en los barrios vecinos, aquí los conocen; en estas cuadras no pueden hacer nada. Asaltan por comida, según me confesaron en un intento de asalto hace un par de días. No tengo dinero les confesé, sólo lo justo para el camión a mi casa. Los niños se apiadaron. ¿Qué haces por aquí? Vengo a ver a la gente que llega a esa casa azul. Te hemos visto, pero ¿para qué los visitas? Me siento sólo respondí. Los tres callamos, dejamos que las palabras resuenen en el vacío de nuestros cuerpos. Sonríen, nadie habla más. El más grande correteó al menor y se despidieron a lo lejos.

Camino al lado de Santos. El me narra los últimos eventos de su vida, mezclados con sueños futuros en su tierra natal. Cruzamos una avenida. Siento el repudio de la zona. Calles lastimadas, se acorralan y gruñen. Heridas frescas que no se dejan sanar. Tiendas de abarrotes pintadas con logotipos de comercios imperialistas. Las banquetas cuentan con pedazos de huacales. Terrenos baldíos con gallinas picoteando mezclas de tierra con basura. El calor nos oprime. Santos extiende su brazo y señala es atrás de estas bodegas.

Llegamos a un nuevo cruce. Atravesamos la calle. Frente a una de las bodegas hay una puerta metálica. Gente se acumula sobre esa puerta. Desesperados impulsos del hambre se expresan con movimientos torpes. Una rendija sirve como único medio de comunicación entre la gente y el alimento. Una mano se asoma por la rendija con vasos de poliestireno. Cuerpos se amontonan toman los vasos, tiemblan, tiran sopa, besan la mano que les da de comer. Gozan su comida, encerrados en su mundo, encapsulados en su paladar. Unos parados otros sentados, ratas muertas adornan las banquetas. Una mujer que bien podría ser mi abuela se sienta en unos escalones. Vendas viejas cubren una herida reciente que no para de supurar. Mascotas callejeras se acercan a sus amos a comer los restos de un regalo divino. Observo a la gente, inhalo el dolor ajeno. El entorno me golpea. Santos lo siente y responde con palmadas en mi espalda. Es gente buena la del tres cuarenta y cuatro cuenta el hondureño. Hay gente buena enfatiza y así con estas contadas palabras intenta aminorar la pesadez del camino.

Alcanzamos las vías del tren. La locomotora descansa, duerme. Aquí te puedes trepar dice Santos. Será un largo viaje. Toco la máquina mientras recapacito el peligro que esto implica. Los pensamientos se enfrentan jalan para hemisferios opuestos. Acaricio los lados de la máquina. Siento el cariño concentrado en las vivencias de estas piezas de acero. Debato mentalmente el paso a tomar.

De raíz

I

En noviembre 2008 decidí salir del país. Monterrey se sentía de picada tras meses de crisis y con una guerra declarada a nivel nacional por el gobierno en mando. Mi único ingreso, las mensualidades de la beca del FONCA. Mi destino lo definí tras una búsqueda prematura. Iré al norte de Europa, el sur se desmorona. Mi país me cerró las puertas en la investigación, si quería continuar como ingeniero para pagar mi renta tenía que tomar una decisión.

En agosto del siguiente año llegué a Copenhague. Mis recursos, escasos, unos pesos de mi beca otros de mis padres, otros de la tía, bendiciones de parientes. Un arranque, pensé. Un arranque es lo que ocupo, no será dificil. La gente aquí es feliz. Vive en paz. Lánzate. Rentas inimaginables, precios inalcanzables y gastos inevitables comenzaron a bombardear mi llegada. Con mis ahorros en el puño de mi mano derecha y mis pertenencias en la izquierda esperé en la fila de la casa de cambio. Menos billetes. Más monedas. Ni hablar. Una lengua desconocida nubla las pláticas de mi entorno y las vuelve murmullos inentendibles. El miedo me abraza y se niega a soltarme. Mis libros consentidos en mi maleta. Tengo que buscar un cuarto. Me hospedo en un hostal con precio de hotel, no hay oferta más barata. Un billete por noche, ese es el precio. Si quieres sábanas suelta otra moneda. Tres días buscando cuartos por internet, por la escuela, por rumores. Correos pendientes. ¿Cómo te va? Mucha suerte. Te extraño. Remordimientos de mis actos atacan a mi persona.

Cinco, dos, cuatro, nueve, cuatro, dos, cero, dos. Tono. Lo siento el cuarto esta alquilado. Distintos números, mismo resultado. La gente aquí repite la misma historia, no mira aquí no tomas lo que quieres tomas lo que hay. ¿Ves a ese? Pues lleva 4 meses buscando casa. No hay. Hay que estar vivo. Mis ahorros disminuyen, mis esperanzas se ahogan y mi miedo aumenta. Opto por un baño para cerrar un día sin frutos. Siete de la mañana, va de nuevo. Los empleados del hostal se acostumbran a escuchar la misma historia con gente que llega y no se va, aún así intentan ayudar. En las tiendas hay anuncios colgados debes revisar a veces hay cuartos anunciados, en tal página de internet encontrarás algo, mejor trata en esta de paga, deja le pregunto a un amigo a ver si sabe. Nuevas opciones, nuevos números, vuelve la esperanza. Cinco, dos, cinco, cinco, seis, uno, dos, siete. Tono. Rentamos el cuarto el día de ayer, pero suerte con tu búsqueda. Gracias. La mente ataca con hubieras. Acciones inexistentes formuladas para el tormento. Un paseo por los canales, que se contagie la felicidad ajena.

Día cuatro, un billete y una moneda apartan mi noche. Cuento mis ahorros. Un desayuno de carnes frías con pan negro, una taza de café. Reviso mis correos. Una nueva oferta llega. Dejo mi comida camino dos o tres kilómetros, voy al teléfono público más cercano. Aparatos en peligro de extinción. Luce en el abandono, su entorno lo desgasta. Tomo el auricular, marco, los nervios se descargan en mis dedos. Me equivoco. Va de nuevo. Entra el tono, el mismo tono que teje una cortina de ilusión. Contestan. Sí está disponible puedes pasar a verlo esta tarde. Mi cartera exhala, anoto nombre, dirección para después traducirlo en paradas de trenes y autobuses. Doy las gracias, me despido. Cuelgo. Una sonrisa moldea mi gesto. Intercambio un problema por otro. Una renta diaria por una mensual. Un mes asegurado, una dirección, un contacto; la incertidumbre disminuye.